The Art of Armando Tejuca
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LITERATURE
Café
Desde un balcón en La Habana puedes ver como se hace café simultaneamente en varias casas de cubanos que se afanan en no perder -o no dejar que les quiten- uno de sus últimos rituales. No es un ritual muy complejo. El pueblo cubano en eso de los rituales no es muy abigarrado: nunca le han dado tiempo para desarrollarlos pues entre la mansedumbre que se les impone y el ingenio para escapar de su encierro han hecho de sus costumbres un reducto de mínimos momentos, y del café una manera de reunirse, de cortejearse o de obtener fuerzas y lo han llevado a un pequeño receptáculo humeante que bien cabe entre dos dedos, y dentro de esta tacita cabe nuestra casa toda en el momento del sorbo. Aunque no sea café el de la isla, es muy efectivo para lograr unos minutos de sosiego y aunque no sea cubano el de la diáspora es un suspiro para pensar en lo frágil de nuestra nacionalidad.

Armando Tejuca, Miami 2002

Armando Tejuca: con un mínimo de gestos.
Me gustaría decir que esas imágenes danzando sobre los tejados le hacen honor a su nombre. O que el vértigo de alados y faldas como hélices evocan al Chagall de siempre. Me gustaría decirlo y lo digo, con este rodeo que manifiesta el pudor ante el lugar común.Las caras de los seres de Tejuca se inflan como demostrados Boteros. Sus músicos se amplifican de soplar trompetas y saxofones; y después se adelgazan de bailes y de aventuras, como Grecos apócrifos.El pintor, como tantos de su generación, huye de lo que en La Habana, en New York y en Miami llaman “lo ochentoso”; es decir, del desvelo ideológico, de la retórica sobre el arte, de la conversación que corre el peligro de ser considerada apología: “La única justificación que tiene el artista es su arte”, dicen los demiurgos post-ideológicos agotados de suspicacias.Algunos incluso rebajan su cuerpo oral como certificando una identidad anti-intelectualista: “Me gusta esa pincha tuya”, puede decir un artista cuando se sorprende admirando un hallazgo de un cómplice de gremio. La cómoda palabra desmarca, hace la distancia que, de paso, sugiere que la virtud del artista atiende también a naturaleza y no solo a historia, a Ilustración. El artista exiliado debe dejar claro que él es El. Y nada de circunstancias.Tejuca, sin embargo, es un pintor que piensa con originalidad y orden; además, escribe con estilo. Puede lanzarse a analogizar una experiencia utópica tras los desmanes de un huracán en el Caribe inglés; o puede manejar un mínimo gesto de identidad a partir del rito vestal alrededor de un chorrito de café.El mismo ha sido un enciclopedista de su obra, su máximo curador: quijotes, circus, músicos, musas¼ todo envuelto en la estera del que encanta y el que vende. Dios y manzana, templo y mercaderes; el gesto intelectual de un artista que tiene ansias, y además contención.

Emilio Ichikawa.Dic. 2004.

El teatro y el circo en la obra de Armando Tejuca
(...)Tejuca vivió desde niño entre escenografías y tramoyas y vive hoy convencido de que el circo, ''ese lugar donde se trastoca la realidad'', es un buen ámbito para expresar ideas universales aparentemente incoherentes. ''Provengo de una familia en donde el teatro y sus artificios fueron el sentido de su existencia'', dice el pintor. ``No hago retratos de personajes circences, ni aplico mi vista en aspectos o entidades reales. Me voy al surrealismo para refugiarme en sus no-leyes''. En efecto, los personajes de las obras de Tejuca suelen levitar, o andar cada uno por su lado burlando la proporcionalidad y la perspectiva --mezcla de Chagall y Abela--, sin que la pieza deje de proyectar un raro equilibrio. Una parte se debe a la indudable belleza de su figuración y al esmerado uso de los colores, pero otra proviene seguramente de la naturalidad que para él tiene todo eso. Antes de venir a Miami en el 2001, Tejuca hizo el atrezzo para montajes como Calígula (Albert Camus) y La niñita querida (Virgilio Piñera), que dirigió Carlos Díaz en su grupo El Público, hasta que en 1997 empezó a dedicarse más a la pintura y a hacer exposiciones. Ha realizado las escenografías diseñadas por Leandro Soto en dos producciones de Teatro Avante, La feria de los inventos y El vuelo del Quijote, ambas escritas por Lily Vega y Raquel Carrió y dirigidas por la primera. ''Pintar es sucesión de imágenes'', comenta Tejuca. ``Que las imágenes sean coherentes ya no es cuestión de los artistas''(...)

JOSE ANTONIO EVORA
El Nuevo Herald

Armando Tejuca: The Color of the Music


As Don Quixote put it (and not Cervantes, who was a crazy-one-armed-man who thought he had written the best novel ever, with the only hand he had left): "There is nothing bad where there is music." Music is the art of happiness, and the fact that Tejuca's art was going to welcome music and musicians was just a matter of time. His paintings are happy as reflected in his recurring series about the circus, surrealistic creatures and women of-dreams.

Another important fact is that if a list of joyful musical styles was ever made few, if any, would score higher than Cuban music. Though it is known that joy is not synonymous with happiness. Happiness may also arise from sadness, as the sad rumba song; "Lagrimas Negras"(Black Tears) proves. Happiness is deep-hearted joy, tranquility, always enjoyable. The happiness of Cuban music, which fades with the last notes, was calling for a way to become everlasting and there is where Tejuca's brush strokes make magic with their feast of colors, guided by his spirit of an avid and good-natured child. There comes a time in the life of an artist when he realizes that things always happen for a reason. For many years now the main influence on Tejuca's work has come from the Jewish Russian-French painter Marc Chagall. Both artists' paintings are deeply rooted in their memories of childhood and the most authentic traditions of their peoples, trying to draw from them the largest amounts of happiness possible. Between them there is a spiritual coincidence rather than a resemblance.

There are also some sorts of coincidences with Eduardo Abela, another Cuban painter who also was searching for the so-called "Lost Paradise." The happiness of Chagall's paintings never concealed the relentless persecution suffered by Jews in Czarist Russia, the same way Tejuca's musicians never belie the countless drownings of rafters in the strait of Florida. Tejuca's work is not an escape, but a painstaking search: the search for happiness when there seems to be no hope. Tejuca's musicians persistently announce that happiness with their trumpets, their loving violins and their wavy pianos filling the air with some magic music we try to grasp intuitively as we watch them. His musicians announce the arrival of happiness, but one can never truly find the origins of that happiness without tracing back every brush stroke into Tejuca's pure soul.

Enrique Del Risco
Translation: Francisco Nieves

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